Ideas para el futuro

Hace algunos meses leí este artículo, escrito por el periodista Paul Mason y publicado en el diario británico The Guardian en Julio de este año, llamado “El fin del capitalismo ha comenzado”. No coincido integralmente con el texto, pero sí en muchos conceptos y, más allá de las diferencias, creo que es buen disparador de algunas ideas.

La traducción es mía, así que si algo no se entiende bien puede venir por ahí el problema. Pero por suerte el texto original se puede leer en la web de The Guardian, y cualquier corrección es agradecida.

Agregué entre corchetes algunas notas de la traducción, links y algunos comentarios personales que creí necesario sumar.

Es un artículo relativamente largo, pero muy llevadero y se puede empezar por leer solo la primer parte porque da un buen pantallazo general de la idea, y ahí verán si les interesa seguir. Yo creo que lo merece.


“El fin del capitalismo ha comenzado”

Las banderas rojas y el canto de marchas de Syriza durante la crisis de Grecia, sumadas a la expectativa de que los bancos fueran nacionalizados, revivió brevemente un sueño del siglo XX: la destrucción forzada del mercado desde arriba. Durante buena parte del siglo XX este fue el modo en el que la izquierda concibió la primera etapa de una economía más allá del capitalismo. La fuerza sería aplicada por la clase trabajadora, ya sea en las urnas o en las barricadas. La palanca sería el Estado. La oportunidad llegaría mediante episodios frecuentes de colapso económico.

En cambio, durante los últimos 25 años, ha sido el proyecto de la izquierda el que ha colapsado. El mercado destruyó el plan; el individualismo reemplazó al colectivismo y la solidaridad; la enormemente expandida fuerza de trabajo del mundo parece un “proletariado”, pero ya no piensa ni se comporta como alguna vez lo hizo.

Vivir todo esto, si a uno le disgustaba el capitalismo, fue traumático. Pero, en el proceso, la tecnología creó una nueva ruta de salida, que los remanentes de la vieja izquierda –y todas las otras fuerzas influenciadas por ella– deben adoptar para no morir. El capitalismo, resulta ser, no será abolido por técnicas de marcha forzada. Será abolido creando algo más dinámico, que ya existe, en principio, casi invisible dentro del viejo sistema, pero que se abrirá paso, re-moldeando la economía alrededor de nuevos valores y comportamientos. Llamo a esto postcapitalismo.

Como sucedió con el fin del feudalismo hace 500 años, el reemplazo del capitalismo por el postcapitalismo será acelerado por sacudidas externas y moldeado por el surgimiento de un nuevo tipo de ser humano. Y ha comenzado.

El postcapitalismo es posible gracias a tres grandes cambios que la informática [la tecnología de la información, lo que se conoce como “IT”] ha traído en los últimos 25 años. Primero, ha reducido la necesidad de trabajo, borroneado los límites entre trabajo y tiempo libre y relajado la relación entre trabajo y salarios. La venidera ola de automatización, actualmente atascada porque nuestra infraestructura social no puede cargar con las consecuencias, disminuirá enormemente la cantidad de trabajo necesitada –no solo para subsistir sino para proveer una vida decente para todos.

Segundo, la información está carcomiendo la habilitad del mercado para formar precios correctamente. Eso es porque los mercados están basados en la escasez, mientras que la información es abundante. El mecanismo de defensa del sistema es formar monopolios –las grandes empresas tecnológicas– a una escala que no se ha visto en los últimos 200 años, y aun así no logran durar. Construyendo modelos de negocio y valuación de acciones basados en la captura y privatización de información producida socialmente, dichas firmas están construyendo una estructura corporativa frágil, enfrentada con la necesidad humana más básica, que es usar libremente las ideas.

Tercero, estamos viendo el surgimiento espontáneo de la producción colaborativa: están apareciendo bienes, servicios y organizaciones que ya no responden a los dictados del mercado y la jerarquía gerencial. El producto informativo más grande del mundo –Wikipedia– está hecho gratis por voluntarios, aboliendo el negocio de la enciclopedia y privando a la industria publicitaria de un ingreso estimado de 3.000 millones de dólares por año.

Casi invisible, en los nichos y huecos del sistema mercantil, franjas enteras de vida económica empiezan a moverse a un ritmo diferente. Han proliferado monedas paralelas, bancos de tiempo, cooperativas y espacios auto gestionados, apenas notados por los profesionales de la economía, y usualmente como un resultado directo de la destrucción de las viejas estructuras en la post-crisis de 2008.

Solo se puede encontrar esta nueva economía si se la busca. En Grecia, cuando una ONG hizo un mapa de las cooperativas de comida, los productores alternativos, las monedas paralelas y los sistemas de intercambio locales del país, encontraron más de 70 proyectos considerables y cientos de iniciativas más pequeñas, desde propiedades ocupadas hasta autos compartidos y jardines de infantes gratuitos. Para la economía convencional estas cosas apenas parecen calificar como “actividad económica”, pero ese es el punto. Existen porque realizan intercambios, aunque sean ineficientes, en la moneda del postcapitalismo: tiempo libre, actividades en red y cosas gratuitas. Parece algo escaso, no oficial e incluso peligroso para ser el punto de partida desde el cual construir una alternativa completa a un sistema global, pero también lo eran el dinero y el crédito en la época de Eduardo III.

Nuevas formas de propiedad, nuevas formas de préstamo, nuevos contratos legales: toda una subcultura de negocios ha emergido en los últimos 10 años, a la cual los medios han apodado “sharing economy” [la podríamos llamar “economía del compartir”]. Circulan palabras de moda como “commons” [de propiedad común] y “peer-production” [producción entre pares], pero pocos se han molestado en preguntar qué significan estos desarrollos para el capitalismo en sí mismo.

Creo que ofrece una ruta de escape –pero solo si estos micro-proyectos son nutridos, promovidos y protegidos por un cambio fundamental en lo que hacen los gobiernos [Mason no considera el hecho de que los gobiernos son parte integrante y/o socia de los grupos de poder que se benefician con el modelo capitalista actual y de ninguna manera impulsarían o protegerían cambios de este tipo]. Y esto debe ser empujado por un cambio en nuestra forma de pensar –sobre la tecnología, la propiedad y el trabajo. De modo que, cuando creemos elementos de este nuevo sistema, podremos decirnos a nosotros mismos, y a otros: “Este ya no es simplemente mi mecanismo de supervivencia, mi vía de escape del mundo neoliberal; esta es una nueva forma de vivir, en proceso de formación.”

La crisis del 2008 barrió un 13% de la producción y un 20% del comercio a escala mundial. El crecimiento global se volvió negativo –en una escala en la que cualquier cosa por debajo de +3% es considerada recesión. Produjo, en Occidente, una fase de depresión más larga que la de 1929-33, y aún hoy, en medio de una pálida recuperación, ha dejado a los economistas convencionales aterrorizados sobre el prospecto de un estancamiento a largo plazo. Las réplicas de este terremoto están desintegrando el continente europeo.

Las soluciones han sido austeridad y emisión. Pero no están funcionando. En los países más afectados, el sistema de pensiones ha sido destruido, la edad de retiro está siendo elevada a 70 años y la educación está siendo privatizada, de manera que los graduados ahora enfrentan una vida de endeudamiento. Los servicios están siendo desmantelados y los proyectos de infraestructura puestos en pausa.

crisis-financieraIncluso ahora muchas personas no logran comprender el verdadero significado de la palabra “austeridad”. La austeridad no son ocho años de recortar gastos, como en el Reino Unido, o incluso la catástrofe social infligida a Grecia. Significa disminuir los salarios, los gastos sociales y los estándares de vida en Occidente por décadas hasta que coincidan con los de las clases medias en ascenso de China e India.

Mientras tanto, en ausencia de un modelo alternativo, las condiciones para otra crisis se van ensamblando. Los salarios reales han caído o continúan estancados en Japón, el sur de la Eurozona, EEUU y el Reino Unido. La “banca en la sombra” [el término, “Shadow banking system”, refiere a la maquinaria financiera por fuera de los sistemas de regulación. Más información en Wikipedia] se ha reconstruido, y ya es más grande que en 2008. Las nuevas reglas exigiendo a los bancos más reservas se han diluido o demorado. Mientras tanto, motorizado con dinero libre, el 1% se ha vuelto más rico.

El neoliberalismo, entonces, ha mutado en un sistema programado para causar fallas catastróficas recurrentes. Peor aún, ha roto el patrón de 200 años del capitalismo industrial en el que una crisis económica hacía brotar nuevas formas de innovación tecnológica que beneficiaban a todos.

Esto es porque el neoliberalismo fue el primer modelo económico en 200 años cuya alza se basó en las premisas de supresión de salarios y destrucción del poder social y de resiliencia de la clase trabajadora. Si repasamos los períodos de despegue estudiados por los teóricos de los “ciclos largos” –los años 1850 en Europa y los 1900s y 1950s en todo el mundo–, fue la fuerza del trabajo organizado la que obligó a los emprendedores y a las corporaciones a dejar de intentar revivir modelos de negocio caducos mediante recortes salariales y, en cambio, innovar hacia alguna nueva forma de capitalismo.

El resultado es que, en cada ciclo de alza, encontramos una síntesis de automatización, salarios mayores y consumo de alto valor. Hoy no hay presión de la fuerza trabajadora, y la tecnología en el centro de esta ola innovadora no demanda la creación de gastos de consumo de alto nivel, o la incorporación de la vieja fuerza de trabajo en nuevos empleos. La información es una máquina de triturar precios y recortar el tiempo de trabajo necesario para sostener la vida en el planeta.

Como resultado, gran parte de la clase empresaria se han convertido en neoludistas [personas que, básicamente, se oponen al desarrollo tecnológico. Más información en Wikipedia]. Frente a la posibilidad de crear laboratorios de secuenciación genética, prefieren en cambio abrir cafeterías, centros de belleza y empresas de limpieza: el sistema bancario, el sistema de planificación y la cultura neoliberal tardía recompensan, por sobre todo, la creación de trabajos de poco valor y jornadas largas.

La innovación está ocurriendo pero no ha podido, hasta ahora, disparar el quinto “ciclo de alza” que la teoría de los ciclos largos capitalistas esperaría. Las razones yacen en la naturaleza específica de la tecnología de la información.

Estamos rodeados no solo por máquinas inteligentes, sino por una nueva capa de la realidad centrada en la información. Consideremos un avión de pasajeros: una computadora lo vuela; ha sido diseñado, probado y “fabricado virtualmente” millones de veces; está retornando información en tiempo real para sus fabricantes. A bordo hay gente mirando pantallas conectadas, en algunos países afortunados, a Internet.

Visto desde el piso es el mismo pájaro blanco metálico que en la era de James Bond. Pero ahora es también una máquina inteligente y un nodo en una red. Tiene contenidos de información y está agregando “valor informático” además de valor físico al mundo. En un vuelo de negocios lleno, donde todos están mirando pantallas de Excel o PowerPoint, la cabina de pasajeros se puede interpretar mejor como una fábrica de información.

Pero, ¿cuánto vale toda esta información? No vas a encontrar una respuesta en los libros contables: la propiedad intelectual se valoriza según los estándares de la contabilidad moderna por conjeturas. Un estudio hecho para el SAS Institute en 2013 encontró que, para poner valor a la información, no se pueden calcular adecuadamente ni el costo para conseguirla ni el valor de mercado o el ingreso futuro generado. Solo a través de una forma de contabilización que incluya beneficios no económicos, y riesgos, las compañías podrían explicar a sus accionistas lo que su información realmente vale. Algo no funciona en la lógica que usamos para valorar lo más importante en el mundo moderno.

El gran avance tecnológico de principios del siglo XXI consiste no solo en la creación de nuevos objetos y procesos, sino en agregar inteligencia a los existentes. El conocimiento contenido en los productos se está volviendo más valioso que las cosas físicas que se usan para producirlos. Pero es un valor basado en su utilidad, no en su valuación comercial. En los 90s los economistas y tecnólogos comenzaron a tener el mismo pensamiento al unísono: que este nuevo rol de la información estaba creando un nuevo “tercer tipo” de capitalismo –tan diferente del capitalismo industrial como éste lo era del capitalismo mercantilista y esclavista de los siglos XVII y XVIII. Pero han luchado y fracasado en describir las dinámicas de este nuevo “capitalismo cognitivo”. Y es por una razón. Sus dinámicas son profundamente no-capitalistas.

Durante, y apenas después de, la Segunda Guerra Mundial, los economistas veían la información simplemente como un “bien público”. El gobierno de EEUU incluso decretó que no se podría obtener ganancia con patentes, sino solo por los procesos de producción en sí mismos. Después empezamos a conocer la “propiedad intelectual”. En 1962, Kenneth Arrow, el gurú de la economía convencional, dijo que en una economía de libre mercado el propósito de inventar cosas es crear derechos de propiedad intelectual. Dijo: “precisamente en la medida en la que es exitosa, hay una subutilización de la información”.

Se puede observar la veracidad de esto en cualquier modelo de e-business jamás construido: monopolizar y proteger datos, capturar la información social libre generada por interacción de los usuarios, empujar a las fuerzas comerciales en áreas de producción que antes eran no-comerciales, minar la información existente para obtener un valor predictivo –siempre y en todo lugar asegurándose de que nadie fuera de la corporación pueda utilizar los datos.

Si replanteamos el principio de Arrow en reversa, sus implicancias revolucionarias son obvias: si una economía de libre mercado y propiedad intelectual lleva a la “subutilización de información”, entonces una economía basada en la utilización completa de la información no puede tolerar el libre mercado o los derechos absolutos de propiedad intelectual. Los modelos de negocio de todos los gigantes de la industria digital moderna están diseñados para prevenir la abundancia de información.

Aún así, la información es abundante. Los bienes informáticos son replicables libremente. Una vez que algo está hecho, puede ser copiado y pegado infinitamente. Una pista musical o la base de datos gigante necesaria para construir un avión comercial, tienen un costo de producción; pero el costo de su reproducción cae a cerca de cero. Entonces, si el mecanismo normal de precios del capitalismo prevalece en el tiempo, su valor también caerá a cero.

Por los últimos 25 años la economía ha estado luchando con este problema: todo el sistema económico convencional deriva de una condición de escasez, pero la fuerza más dinámica en nuestro mundo moderno es abundante y, como alguna vez lo dijo el genio Stewart Brand, “quiere ser libre”.

Hay, a lo largo del mundo de información monopolizada y vigilancia creado por gobiernos y corporaciones, una dinámica diferente que va creciendo alrededor de la información: la información es un bien social, libre en el momento del uso, incapaz de ser apropiada, explotada o valuada. He revisado los intentos de los economistas y los gurús de los negocios de construir un encuadre para comprender las dinámicas de una economía basada en la información abundante y pública. Pero ya había uno, imaginado por un economista del siglo XIX, en la era del telégrafo y la máquina de vapor. ¿Su nombre? Karl Marx.

La escena es Kentish Town, Londres, Febrero de 1858, alrededor de las 4 de la mañana. Marx es un hombre buscado en Alemania y trabaja duro garabateando experimentos mentales y notas para sí mismo. Cuando se llega a ver finalmente lo que Marx está escribiendo en esa noche, los intelectuales de izquierda de los años 1960s admiten que “desafía todas las interpretaciones serias de Marx concebidas”. Ese texto se llama “El Fragmento sobre las Máquinas”.

En ese “Fragmento”, Marx imagina una economía en la que el rol principal de las máquinas es producir, y el rol principal de las personas es supervisarlas. Tenía claro que, en una economía tal, la principal fuerza productiva sería la información. El poder productivo de máquinas tales como la enrolladora de algodón, el telégrafo y la locomotora a vapor, no dependía de la cantidad de trabajo necesaria para producirlas, sino del conocimiento de la sociedad. La organización y el conocimiento, en otras palabras, hacían una mayor contribución al poder productivo que el trabajo de fabricar y hacer funcionar las máquinas.

MarxVisto aquello en lo que el Marxismo se convertiría –una teoría de la explotación basada en la apropiación del tiempo de trabajo– esta es una declaración revolucionaria. Sugiere que, una vez que el conocimiento se vuelve una fuerza productiva por derecho propio, pesando más que el tiempo empleado en crear una máquina, la gran pregunta ya no es la de “salarios vs. ganancias”, sino la de quién controla lo que Marx llamó el “poder del conocimiento”.

En una economía donde las máquinas hacen la mayoría del trabajo, la naturaleza del conocimiento encerrado en las máquinas debe, escribe, ser “social”. En un trasnochado experimento final, Marx imaginó el punto final de esta trayectoria: la creación de una “máquina ideal”, que dura por siempre y no cuesta nada. Una máquina que pudiera ser construida por nada, decía, no agregaría ningún valor al proceso de producción y rápidamente, en subsecuentes ejercicios contables, reduciría el precio, la ganancia y el costo laboral de cualquier cosa que tocara.

Una vez que se entiende que la información es física, y que el software es una máquina, y que el almacenamiento, el ancho de banda y el poder de procesamiento están cayendo en precio a tasas exponenciales, se esclarece el valor del pensamiento de Marx. Estamos rodeados por máquinas que no cuestan nada y podrían, si así quisiéramos, durar por siempre.

En estas reflexiones, no publicadas hasta mediados del siglo XX, Marx imaginó que la información llegara a ser almacenada y compartida en algo llamado un “intelecto general” –el cual sería la mente de todas las personas en la Tierra conectadas por el conocimiento social, en la que cualquier mejora beneficia a todos. En resumen, Marx había imaginado algo parecido a la economía de la información en la que vivimos hoy. Y, escribió, su existencia haría “volar al capitalismo por los aires”.

Con el terreno cambiado, el viejo camino superador del capitalismo imaginado por la izquierda en el siglo XX está perdido.

Pero un camino diferente se ha abierto. La producción colaborativa, el uso de la tecnología de redes para producir bienes y servicios que solo funcionan cuando son gratuitos, o compartidos, define una ruta más allá del sistema de mercado. Necesitará del Estado para crear el marco –de la misma manera en que creó el marco para el trabajo fabril, las monedas corrientes y el libre cambio a principios del siglo XIX [no tiene por qué ser el Estado. De hecho, el Estado moderno es un conjunto de instituciones de sostén capitalista, no actuaría en este sentido; más bien debería desaparecer junto con el capitalismo]. El sector postcapitalista probablemente coexista con el sector de mercado por décadas, pero grandes cambios están sucediendo.

Las redes devuelven “granularidad” al proyecto postcapitalista. Esto es, pueden ser la base de un sistema no mercantil que se replica a sí mismo, que no necesita ser creado nuevamente cada mañana en la pantalla de la computadora de un comisario político.

La transición involucrará al Estado [diría, a su desaparición como tal], el mercado [ídem] y la producción colaborativa más allá del mercado. Pero para hacer que eso suceda, el proyecto entero de la izquierda, desde los grupos de protesta hasta los partidos socialdemócratas y liberales convencionales [aparentemente el autor tiene un concepto de “izquierda” demasiado amplio], tendrá que ser reconfigurado. De hecho, una vez que las personas comprendan la lógica de la transición postcapitalista, estas ideas ya no serán propiedad de la izquierda –sino un movimiento mucho más amplio, para el que precisaremos nuevas etiquetas.

¿Quién puede hacer que esto suceda? En los proyectos de la vieja izquierda era la clase trabajadora industrial. Hace más de 200 años, el periodista radical John Thelwall advirtió a los hombres que creaban las fábricas inglesas que estaban creando una nueva y peligrosa forma de democracia: “cada gran taller y fábrica es una suerte de sociedad política, a la que ninguna ley parlamentaria puede silenciar ni ningún magistrado dispersar.”

Hoy toda la sociedad es una fábrica. Todos participamos en la creación y recreación de las marcas, normas e instituciones que nos rodean. Al mismo tiempo los entramados de comunicación, vitales para el trabajo cotidiano y la rentabilidad, tiemblan por el descontento y el conocimiento compartido. Hoy es la red –como fue el taller hace 200 años– la que “no pueden silenciar ni dispersar”.

Es cierto, los Estados pueden apagar Facebook, Twitter, o incluso todo Internet y la red móvil en momentos de crisis, paralizando a la economía en el proceso. Y pueden guardar y monitorear cada kilobyte de información que producimos. Pero no pueden volver a imponer la sociedad jerárquica, ignorante, impuesta por la vía de la propaganda, de hace 50 años excepto –como en China, Corea del Norte o Irán– eligiendo quedar afuera de partes clave de la vida moderna. Sería, como lo explica el sociólogo Manuel Castells, como tratar de des-electrificar un país.

Creando millones de personas conectadas en red, explotadas financieramente pero con toda la inteligencia humana a un click de distancia, el “info-capitalismo” ha creado un nuevo agente de cambio en la historia: el ser humano educado y conectado [más que educado, diría consciente].

Esto será más que solo una transición económica. Están, por supuesto, las tareas paralelas y urgentes de des-carbonizar el mundo y lidiar con las bombas de tiempo demográficas [en una sociedad colaborativa y de abundancia, y no basada en una economía atada a la competencia y la escasez, el crecimiento poblacional previsto no es para nada una bomba de tiempo] y fiscales. Pero me estoy concentrando en la transición económica disparada por la información porque, hasta ahora, ha sido dejada de lado. La colaboración entre iguales ha sido encajonada como una obsesión de nicho para visionarios, mientras que los “chicos grandes” de la economía de izquierdas continúan criticando la austeridad.

De hecho, en los territorios como Grecia, la resistencia a la austeridad y la creación de “redes en las que no es posible caer en default” –como me lo dijo un activista– van de la mano. Por sobre todo, el postcapitalismo como concepto está entre las nuevas formas de comportamiento humano que la economía convencional apenas reconocería como relevante.

Entonces, ¿cómo visualizamos la transición por delante? El único paralelo coherente que tenemos es el reemplazo del feudalismo por el capitalismo –y gracias al mundo de los epidemiólogos, genetistas y analistas de datos, sabemos mucho más sobre esa transición de lo que sabíamos hace 50 años cuando era “propiedad” de las ciencias sociales. Lo primero que tenemos que reconocer es: distintos modelos de producción se estructuran alrededor de distintas cosas. El Feudalismo era un sistema económico estructurado por hábitos y leyes sobre “obligaciones”. El Capitalismo fue estructurado sobre algo puramente económico: el mercado. Podemos predecir, a partir de esto, que el postcapitalismo –cuya precondición es la abundancia– no será simplemente una forma modificada de una sociedad de mercado compleja. Pero apenas podemos comenzar a captar una visión positiva de cómo será.

No digo esto como una manera de esquivar la pregunta: los parámetros económicos generales de una sociedad postcapitalista para, por ejemplo, el año 2075, pueden ser bocetados. Pero si tal sociedad está estructurada alrededor de la liberación humana, y no de la economía, será moldeada por motivos impredecibles.

Por ejemplo, lo más obvio para Shakespeare, que escribía en el 1600, era que el mercado había convocado nuevas formas de comportamiento y moralidad. Análogamente, el hecho “económico” más obvio para un Shakespeare de 2075 será la agitación total en las relaciones de género, o sexualidad, o salud. Quizás ni siquiera vaya a haber dramaturgos: quizás la misma naturaleza de los medios que utilicemos para contar historias cambie –tal como cambió en la Londres isabelina cuando se construyeron los primeros teatros.

ShakespearePensemos en la diferencia entre, por ejemplo, Horacio en “Hamlet” y un personaje tal como Daniel Doyce en “Little Dorrit” de Dickens. Ambos llevan consigo una característica obsesión de su época –Horacio está obsesionado con la filosofía humanista; Doyce está obsesionado con patentar su invento. No puede haber un personaje como Doyce en Shakespeare; conseguiría, como mucho, una pequeña participación como una figura cómica de la clase trabajadora. Sin embargo, para la época en la que Dickens describe a Doyce, la mayoría de sus lectores conocían a alguien como él. Del mismo modo que Shakespeare no podría haber imaginado a Doyce, nosotros tampoco podemos imaginar el tipo de seres humanos que producirá la sociedad una vez que la economía no sea algo central en la vida. Pero podemos prefigurarlos en las vidas de la gente joven por todo el mundo, rompiendo barreras del siglo XX respecto a la sexualidad, el trabajo, la creatividad y la forma de ser.

El modelo feudal de agricultura chocó, primero, con límites ambientales, y luego con un golpe externo masivo –la Peste Negra. Después de eso, hubo un shock demográfico: muy pocos trabajadores para la tierra, lo que elevó sus salarios e hizo que el viejo sistema de obligaciones feudales fuera imposible de hacer cumplir. El acortamiento de la fuerza de trabajo también forzó a la innovación tecnológica. Las nuevas tecnologías que apuntalaron el crecimiento del capitalismo de mercado fueron las que estimularon el comercio (la imprenta y la contabilidad), la creación de riqueza comerciable (la minería, el compás y los barcos veloces) y la productividad (las matemáticas y el método científico).

Presente a lo largo de todo el proceso había algo que parecía accidental para el viejo sistema –el dinero y el crédito– pero que estaba destinado a convertirse en la base del nuevo sistema. En el feudalismo, muchas leyes y costumbres estaban de hecho moldeadas para ignorar el dinero; el crédito era, en el alto feudalismo, visto como pecaminoso. Así que cuando el dinero y el crédito rompieron los límites para crear un sistema de mercado, se sintió como una revolución. Después, lo que dio al nuevo sistema su energía fue el descubrimiento de una fuente virtualmente ilimitada de riqueza “gratuita” en las Américas.

Una combinación de todos estos factores tomó a un sector de gente que había sido marginalizada durante el feudalismo –humanistas, científicos, artesanos, abogados, predicadores radicales y dramaturgos bohemios como Shakespeare– y los puso a la cabeza de la transformación social. En momentos clave, aunque con indecisión en un principio, el Estado pasó de poner trabas al cambio a promocionarlo.

Hoy, lo que está corroyendo al capitalismo, apenas racionalizado por los economistas convencionales, es la información. La mayoría de las leyes acerca de la información definen el derecho de las corporaciones para acumularla y el derecho de los Estados para acceder a ella, sin respeto por los derechos humanos de los ciudadanos. El equivalente a la imprenta y el método científico es la tecnología informática y su derrame en otras tecnologías, desde la genética hasta la salud, desde la agricultura hasta el cine, donde rápidamente está reduciendo costos.

El equivalente moderno al largo estancamiento de los fines del feudalismo es el demorado despegue de la tercer revolución industrial, donde en lugar de una rápida automatización del trabajo hasta hacerlo desaparecer, nos vemos reducidos a crear lo que David Graeber llama “trabajos de mierda” con bajos salarios. Y son muchas las economías que están estancándose.

¿Y el equivalente de la nueva fuente de riqueza libre? No es exactamente riqueza: son las “externalidades” –las cosas gratuitas y el bienestar generado por la interacción en red. Es el crecimiento de la producción no-mercantil, de la información que no se puede poseer, de las redes de colegas y las empresas sin gerenciamiento. Internet, dice el economista Yann Moulier-Boutang, es “tanto el barco como el océano”, al hacer una equivalencia con el nuevo mundo. De hecho, es el barco, el compás, el océano y el oro.

Los golpes externos del mundo moderno están claros: agotamiento energético, cambio climático, envejecimiento poblacional y migración. Están alterando las dinámicas del capitalismo y volviéndolo inoperante en el largo plazo. No han tenido aún el mismo impacto que la Peste Negra –pero como vimos en Nueva Orleans en 2005, no se necesita una peste bubónica para destruir el orden social y la infraestructura funcional en una sociedad financieramente compleja y empobrecida.

Una vez que se comprende la transición de esta manera, la necesidad no es un supercalculado Plan Quinquenal, sino un proyecto, cuyo objetivo debería ser expandir aquellas tecnologías, modelos de negocio y comportamientos que disuelven las fuerzas del mercado, socializar el conocimiento, erradicar la necesidad de trabajo y empujar la economía hacia la abundancia. Lo llamo “Proyecto Cero” –porque apunta a un sistema energético de cero emisión de carbono; la producción de máquinas, productos y servicios con costo marginal cero, y la reducción del tiempo de trabajo necesario tan cerca como sea posible de cero.

La mayoría de los pensadores de izquierda del siglo XX creían que no tenían el lujo de una transición manejada: fue una cuestión de fe para ellos que nada del sistema venidero podría existir dentro del viejo –aunque la clase trabajadora siempre intentó crear una vida alternativa dentro y “a pesar de” el capitalismo. Como resultado, una vez que la posibilidad de una transición de estilo Soviético desapareció, la izquierda moderna se preocupó simplemente por oponerse a cosas: a la privatización de la salud, las leyes anti-sindicales, el fracking –y la lista continúa.

Si estoy en lo cierto, el foco lógico para los partidarios del postcapitalismo es construir alternativas dentro del sistema; usar el poder gubernamental en una forma radical y disruptiva [¿tiene sentido pensar en usar el “poder gubernamental”? ¿No se requiere, acaso, cambiar el esquema de poder y que no haya un “poder gubernamental” sino realmente una democracia?]; y dirigir todas las acciones hacia la transición –no la defensa de elementos al azar del viejo sistema. Tenemos que aprender qué es urgente y qué es importante, y que a veces no coinciden.…

El poder de la imaginación se volverá crítico. En una sociedad de la información, ningún pensamiento, debate o sueño se desperdicia –sea concebido en una tienda de campaña, una celda de prisión [que quizás ya no necesite existir] o el metegol de la oficina de un pequeño emprendimiento.

Así como con la manufactura virtual, en la transición al postcapitalismo el trabajo hecho en la etapa de diseño puede reducir errores en la etapa de implementación. Y el diseño del mundo postcapitalista, como el del software, puede ser modular. Distintas personas pueden trabajar en distintos lugares, a diferentes velocidades, con relativa autonomía uno del otro. Si pudiera convocar la existencia de algo libremente, sería una institución global que modelara el capitalismo correctamente: un modelo abierto y libre [lo que se llama “open source”] de toda la economía; oficial, en blanco y negro. Cada experimento lo enriquecería; sería libre y gratuito y con tanta información como los más complejos modelos climáticos.

La principal contradicción hoy es entre la posibilidad de bienes e información gratuitos y abundantes; y un sistema de monopolios, bancos y gobiernos tratando de hacer que las cosas sigan siendo privadas, escasas y comerciales. Todo se reduce a la lucha entre la red y la jerarquía: entre viejas formas de sociedad moldeadas alrededor del capitalismo y nuevas formas de sociedad que prefiguran lo que vendrá.

¿Es utópico creer que estamos al borde de una evolución más allá del capitalismo? Vivimos en un mundo en el que los hombres y mujeres homosexuales pueden contraer matrimonio, y en el que la anticoncepción ha hecho, en los últimos 50 años, más libres a las mujeres de la clase trabajadora que la libertina más alocada en la época de Bloomsbury. ¿Por qué nos parece, entonces, tan difícil imaginar la libertad económica?

Son las élites –aisladas en su mundo de limusinas negras– las que tienen proyectos que parecen tan aislados como aquellos de las sectas milenaristas del siglo XIX. La democracia de fuerzas antidisturbios, políticos corruptos, periódicos controlados por magnates y Estados vigilantes parece tan falsa y frágil como Alemania del Este hace 30 años.

Toda interpretación de la historia humana debe permitirse la posibilidad de un resultado negativo. Nos persigue en las películas de zombis, el cine catástrofe, en las desiertas tierras post-apocalípticas en películas como The Road o Elysium. Pero ¿por qué no podemos formarnos una imagen de la vida ideal, construida sobre la abundancia de información, el trabajo no jerárquico y la disociación de trabajo y salario?

Millones de personas están comenzando a darse cuenta de que se les ha vendido un sueño que no se corresponde con lo que la realidad puede darles. Su respuesta es el enojo –y la retirada hacia formas nacionales de capitalismo que solo pueden despedazar al mundo. Ver esto emerger, desde las facciones izquierdistas pro-Grexit [de “Greek exit”, salida de Grecia de la zona Euro] en Syriza hasta el Front National [partido francés de extrema derecha presidido por Marine Le Pen] y el aislacionismo de la derecha estadounidense, ha sido como ver convertirse en realidad las pesadillas que tuvimos durante la crisis de Lehman Brothers.

Necesitamos más que un puñado de sueños utópicos y proyectos horizontales a pequeña escala. Necesitamos un proyecto basado en la razón, evidencia y diseños que puedan ser probados, que corte en el sentido de la fibra de la historia y que sea sustentable para el planeta. Y necesitamos ponernos a trabajar en eso.

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