Sobre las quemaduras, las vacas y el llanto

Poder

Hoy asumió el mandato un nuevo Presidente en Argentina.

Asume el mandato de la ciudadanía que lo vota. ¿Y qué mandato es ese que tiene el Presidente? Es sencillo: cumplir lo que prometió en campaña y que, en buena medida, ratificó en su discurso de asunción de hoy.

Mauricio Macri prometió Pobreza Cero y que no haya hambre. Prometió urbanizar las villas. Prometió derrotar al narcotráfico. Prometió más igualdad de oportunidades y un país donde todos puedan conseguir su felicidad. Prometió combatir la corrupción y ser implacable con los funcionarios que no cumplan la ley. Y prometió que los bienes del país sean de todos los argentinos.

Por supuesto hay que respetar la ilusión de muchos, pero no podemos evitar notar las incoherencias entre las promesas y los hechos y palabras pasados de quienes las hacen. Cuesta pensar que un gobierno que en 8 años no urbanizó nada lo va a hacer ahora. Difícil imaginar que esta gente que administró este tiempo la ciudad de Buenos Aires, donde muchísimas licitaciones siguieron siendo ganadas por arreglo ilegal como es habitual y donde los parientes y amigos se enriquecen en negocios con el Estado, vaya a combatir la corrupción o la ilegalidad. Casi imposible creer que realmente consideren los bienes del país, lo público, como propiedad de los ciudadanos, cuando desoyeron y desoyen los reclamos populares que sean contrarios a los intereses inmobiliarios de sus socios (googlear sobre Manzana 66, IRSA, Roggio, Borda, Parque Chacabuco, etc.). Tampoco hay motivos para tomar en serio esas promesas sobre igualdad de oportunidades, por supuesto, cuando nunca se hizo nada en esa dirección.

¿Podemos tomarle la promesa de Pobreza Cero y acabar con el hambre? Ojalá pudiera. Yo no lo veo posible considerando todo lo demás.

Pero lo prometió. Lo prometieron, él y sus tan festejados “equipos”. Y claro, es fácil prometer diciendo que si uno no cumple “Dios y la Patria” se lo demanden, porque, incluso para los que creen que exista tal cosa, Dios no le reclama a nadie. Basta ver la longevidad de tantos hijos de puta para comprobarlo. Y la Patria no es nadie, es una bandera, son un par de bustos y caras en billetes. Tampoco reclama nada, y mucho menos a la clase dirigente, a la casta política, a aquellos que la inventaron y sostienen para organizar el poder: a los únicos que viven de ese concepto. Pero estamos los ciudadanos, y aunque no nos contemplen en los juramentos, somos los verdaderos dueños del mundo.

Un nuevo gobierno, para muchos, es la ilusión renovada (y ciertamente cómoda, claro) de que alguien al fin solucione nuestros problemas. Y la ilusión, como siempre, es frágil y se pone a prueba diariamente contra la realidad. Y no soy generalmente pesimista, pero el que se quema con leche ve una vaca y llora. Y aunque me digan que es otra cosa, yo no creo que algo que tiene pelos, hocico, cola, ubres y dice “mu” no sea finalmente una vaca.

Por eso vamos a estar (tenemos que estar) demandando el cumplimiento de estas promesas presidenciales a partir de hoy, sin pausa, hasta que sean realidad. O hasta que, como sospechamos, se vea que no se van a cumplir, y volvamos a exigir y pelear una vez más por el futuro que todos queremos.

Y quizás, después de la enésima desilusión, de la enésima vaca, sea nuestro turno de hacer promesas. Turno de prometernos no seguir confiando en millonarios que nos hablan de pobreza, que nos prometen igualdad mientras ellos y sus círculos se manejan gustosamente como élites, que nos ofrecen servicios públicos que ellos jamás usarían, que nos hablan de paz desde un poder custodiado por fuerzas armadas, que nos prometen soluciones a problemas que no tienen ni tendrán. Turno de ver que ese futuro que queremos necesita una democracia verdadera, esa que nunca vivimos, esa que se preocupe por las necesidades y no por las rentabilidades. Esa democracia que sea realmente lo que debe ser: “el gobierno del pueblo”.

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