Sí se puede

Sí se puedeMediodía en un cafetín del once de la calle Ecuador, uno de esos que no parece preparado para resistir un control bromatológico pero a los que sigo asistiendo porque, evidentemente, los cuidados higiénicos me preocupan menos que el tamaño de la milanesa con puré que me comí antes de escribir estas líneas.

Sí, soy uno de esos tantos que opina siempre con la panza llena, viendo cómo llueve allá afuera a través de un vidrio. Pero eso no me impide ver que llueve, ojo.

En la televisión, una de tubo de 20 pulgadas con serios problemas de imagen pero audio fiel, una insoportable discusión entre insoportables pseudoperiodistas deportivos -convertidos en periodistas del espectáculo que llenan horas semanales de pantalla haciendo que hablan de fútbol hablando cada vez menos de fútbol- desgrana en aspectos estúpidamente mínimos la final de la Copa América ganada por Chile.Y entre tantas frases tiradas al micrófono escucho a Pagani, siempre al borde de un sobreactuado infarto masivo, decir que nada tiene que ver la selección con la AFA. O sea, que nada tiene que ver la Selección Argentina de Fútbol con lo que hace la Asociación Argentina de Fútbol. Una idea que, por pereza de pensamiento, derrotismo o desconocimiento, de alguna manera se permite, se sostiene, se tolera. Porque hay amplio consenso en que la AFA es algo muy parecido a una mafia, sino acaso una exacta mafia, y muy poco parecido a una asociación deportiva, pero siempre sobrevuela una cierta idea de que no va a cambiar, de que tan a fondo no se puede ir, de que igual con eso nos podemos arreglar y lo importante es ganar copas.

Mientras tomo mi agua sin gas (porque, por supuesto, me estoy cuidando) ojeo la edición de hoy de La Nación que dejaron en la mesa que ocupo. “Pesadilla sin fin”, titula en la tapa, como tema central y con foto de Messi lamentando el penal errado. En la portada del suplemento deportivo repite la imagen del capitán lamentándose, esta vez tapando su cara, pero titula un lamento lacrimógeno: “Con el alma vacía”.

No puedo y no quiero analizar el resultado deportivo. Me interesan, sí, las lecturas que se hacen.

¿Qué jugadores tienen que jugar y cuáles no?

¿Hay que cambiar al técnico?

¿Por qué tal o cuál jugador no funciona igual que en su equipo de liga?

La gran mayoría de las preguntas no salen de ahí. Y cumplen una doble función: impedirnos buscar problemas realmente de fondo, estructurales y, una vez más, desviar la atención de problemas más estructurales aún, como país y como sociedad. Y toda esa introducción futbolera es porque la realidad hoy pone este tema en la mesa, pero también porque empalma muy bien con todo lo que viene pasando.


Hasta el Domingo de la final casi no se hablaba de otra cosa que del escándalo de “Las bolsitas del Sr. López”, revoleando dólares de a millones en un convento que al final no era tal cosa, tema que todavía no se resuelve y amenaza con cargarse a algunos. ¿Se acuerdan? Fue antes de que Messi sea el tema más importante de la galaxia. Y resulta que, como ya estamos acostumbrados, la situación es muy confusa, con dichos y contradichos. Narcotráfico, prebendas, jueces que siguen a la chequera de turno, corrupción de ayer y de hoy, oficialistas de ahora que eran los oficialistas de antes, prófugos que ahora son testigos, testaferros, financieras, jugadas políticas, jugadas económicas, todo mayormente entre corruptos y millonarios que intentan negociar su impunidad mientras deciden quién será el chivo que aporte el cogote. Cerdos y diamantes, juegos, trampas y armas humeantes, escenas cinematográficas en ese gran montaje que es el detestable negocio de la información, el lucro con nuestro derecho a saber, el negocio que no deberíamos permitir.

Pero todo eso no parece ser tan importante. O quizás sí, pero para otro momento, hoy lo urgente siempre es otra cosa, hoy siempre conviene olvidar un poco lo importante porque la urgencia, para la mayoría (una vez resuelto o diluido lo de Messi, obbbviamente), parece ser que vuelva pronto Cristina o que no vuelva nunca más Cristina. Defender al gobierno anterior o defender al gobierno actual. Como se pueda. ¿Y después? ¿qué importa del después?

Gran parte del (cada vez menor) respaldo popular que tiene el gobierno de Cambiemos es más por la idea de que lo anterior era peor (o algún otro análisis similar, o mero antiperonismo, ese que gusta llamarse “gorilismo”) que en apoyo a lo que se ve hoy. Y eso es una de las tantas similitudes que tiene con el kirchnerismo. Los militantes que apoyaron los tres gobiernos del matrimonio Kirchner optaron por justificar (o, de mínima, omitir) casi cualquier contradicción o sospecha, antes que cuestionar a la pareja de dirigentes. Y lo hacían porque “lo otro es peor”, porque “si no, es Macri”, porque admitir cualquier cosa era “hacerle el juego a la dereceha”. A Cristina no se la podía cuestionar, al punto de considerarla La Jefa, fiel al estilo caudillista del peronismo. Y 12 años después lograron, a fuerza de bancar cualquier cosa que viniera en lugar de empujar mejoras desde la crítica, que nos gobierne Macri en persona.

Y esto se sigue viendo. Los macristas pueden justificar (y vaya si habré leído ridículas justificaciones) que el presidente tenga, por ejemplo, sociedades en paraísos fiscales o dinero sin declarar. Parece mentira que no se recuerde quién es Mauricio Macri, el contrabandista, el evasor, el hijo y socio de Franco Macri, el heredero de uno de esos varios clanes que robaron tanto al pueblo argentino.

Mientras tanto, los kirchneristas pueden omitir las constantes muestras de vacío de la plana alta de su movimiento (ausencia de CFK, que solo apareció cuando tuvo que ir a declarar en Comodoro Py, apoyo explícito e implícito a muchas medidas del actual gobierno por parte de ex funcionarios y candidatos, voto a favor en las cámaras, cambio de lado de varios legisladores, etc.), o incluso la represión y ajuste de gobernadores del FPV, y negar o ignorar los delitos, las medida antipopulares y las sospechas de negociados que se denuncian hace años contra miembros del partido. Tampoco parecen recordar quiénes son/eran los Kirchner, los menemistas santacruceños que construyeron su poder económico carroñeando casas de personas que no podían pagar sus créditos durante la dictadura, y su poder político gobernando una provincia petrolera durante el reinado de Carlos Saul I.

¿Acaso los que nos gobiernan son empresarios eficientes y abogadas exitosas? ¿Acaso amasar una fortuna inescrupulosamente es un mérito, incluso siendo legal?

Todo esto no pretende de ninguna manera ser una recriminación a los seguidores, militantes o meros votantes. Entiendo la lógica que los empuja en ambos casos, esa que mencionaba antes sobre el miedo al otro, a ese otro que “es peor”. Y entiendo que está alimentada por el discurso de que más “no se puede”, de que pensar en cambios en serio es utópico.

Pero tenemos que notar que así no hay posibilidad de avanzar en la dirección necesaria, que la utopía es pretender un mundo mejor de la mano de esta clase dirigente. Doce años de kirchnerismo que, teniendo posibilidades inéditas, no tocaron nada estructural, al punto que el macrismo en un par de meses pudo desarmar todo lo que necesitó para su ajuste. Y, a la luz de lo que hacen y dicen hoy día, podemos aventurar que un gobierno de Scioli no habría sido muy distinto: su única diferencia expresada es que ellos lo habría hecho con “gradualismo” (o, en el caso de los buitres, habrían pagado también pero con “mejores condiciones”, como dijo Kicillof). ¿O sea que toda esta campaña sobre países antagónicos en puja se podría reducir a una cuestión de velocidad de ajuste y decimales de tasa de interés? Esa parecía ser la cuestión de fondo: decidir cuán rápido había que empobrecer a la población ahora que China bajó la demanda, los commodities bajan de precio, y hay que garantizar rentabilidad a las empresas dueñas de nuestra economía (y de nuestros dirigentes, nuestros jueces, nuestros recursos y nuestro trabajo).

Día a día la dirigencia política se muestra más inútil para las necesidades de las mayorías y más cómplice del poder económico. La dirigencia sindical es incluso peor: se embandera en la defensa de los trabajadores para traicionarlos constantemente negociando a sus espaldas como garantes de la contención de cualquier intento de lucha o resistencia. De los empresarios ni que hablar, claro. Y ahora hasta se puede ver a las instituciones religiosas cada vez más desnudadas en su verdadero manejo del poder.

Nada de esto muy novedoso, claro. El “argentinazo” de 2001 fue un primer asomo de final de época disparado por el hartazgo. Por esa suma de hartazgos. Y el kirchnerismo fue el que logró apagar esos reclamos. Diría, más bien, que los derrotó. Derrotó al pueblo movilizado, institucionalizó sus reclamos, los estructuró en un modo de organización de la política y los sostuvo con un relato formado precisamente de aquellos reclamos. Tomó esas banderas para traicionarlas a casi todas. Y así, lamentablemente, terminó empujando incluso a sus militantes a apoyar a un candidato al que rechazaron públicamente durante años y a dejar esas banderas de lado hasta algún hipotético futuro en el que pudieran volver a considerarlas, como si un eventual sciolismo hubiera sido un hiato en la construcción kirchnerista, y no como lo que habría sido realmente: su continuación. De similar manera, hoy vemos a un macrismo que ganó las elecciones prometiendo Pobreza Cero, un millón de créditos hipotecarios y un millón y medio de puestos de trabajo entre otro montón de cosas, y día a día toma medidas que solo hacen crecer la pobreza, subir el desempleo y caer el poder adquisitivo, y la milanesa con puré cada vez más cara. Pero muchos votantes siguen apoyando a este gobierno, solo porque quieren ver lejos del poder al kirchnerismo, o al justicialismo, o porque lo que les interesa es ver avanzar causas judiciales contra estos ex-funcionarios, aunque con la búsqueda de justicia por lo que pasó antes se tapen los ojos ante la injusticia y la corrupción de ahora.

De un lado u otro, los dirigentes van buscando la manera de venderse para ganar elecciones (y el poder que viene con ello) y, con la cobertura de empresarios que financian sus campañas a cambio de favores y manejan su imagen desde varios medios masivos, logran convencer a la población de que, una vez más, la solución verdadera, la de fondo, la tienen ellos. Carrió dice que Macri es inmoral y corrupto. La misma Carrió hace una alianza con Macri para candidatearlo a la presidencia. El FPV dice que Scioli es el candidato de Clarín y los fondos buitres. El mismo FPV postula de prepo y sin interna a Scioli como candidato a la presidencia.

En 3 días empieza el ansiado segundo semestre. Nada va a cambiar. ¿Quizás en el tercer semestre? No podemos esperar gran cosa, si acaso algo. Más de 13 millones de argentinos que viven debajo de la línea de pobreza esperan ansiosos lo que nunca llegará. ¿Hasta cuándo habrá excusas para seguir abordando tan superficialmente problemas que arrastramos hace años, décadas o siglos?

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